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El otoño en que dejamos de vestir como en los 80

El otoño en que dejamos de vestir como en los 80

Imagina que es septiembre de 1992.

No existe Instagram. No existe Zara online. Nadie guarda looks en Pinterest antes de decidir qué ponerse. Las tendencias llegan a través de las revistas, de MTV, de una película, de una fotografía arrancada de Vogue o de aquella chica que has visto por la calle y que llevaba algo que jamás se te habría ocurrido combinar.

Todavía quedan restos de los años 80: hombreras, exceso, colores intensos, logotipos, peinados perfectos. Pero algo está empezando a cambiar.

Las mujeres comienzan a querer otra cosa.

Y lo curioso es que muchas de las cosas que empiezan a aparecer entonces —los vaqueros rectos, la camisa masculina, el vestido sencillo, el blazer, las botas, los tonos neutros, la camiseta blanca perfecta— podrían formar parte tranquilamente de un armario de septiembre de 2026.

Los años 90 estaban a punto de enseñarnos algo que seguimos intentando aprender hoy:

que para tener estilo no hace falta parecer excesivamente arreglada.

Nueva York, noviembre de 1992

Marc Jacobs tenía 29 años y diseñaba para Perry Ellis cuando decidió llevar a una pasarela algo que en aquel momento parecía casi absurdo.

Grunge.

La música que llegaba desde Seattle estaba en todas partes. Nirvana, Kurt Cobain y Courtney Love habían convertido una estética desaliñada, cómoda y aparentemente accidental en el uniforme de una generación. Camisas de cuadros, vestidos vintage, botas, prendas superpuestas y esa sensación de haberse vestido sin pensar demasiado.

Jacobs observó lo que ocurría fuera de la moda y decidió meterlo dentro.

El 19 de noviembre de 1992 presentó para Perry Ellis su colección Primavera 1993. Sobre la pasarela aparecieron camisas de franela, vestidos con estampados que recordaban a prendas antiguas, gorros de punto y botas Dr. Martens. Lo revolucionario estaba también en la mezcla: prendas asociadas a jóvenes que compraban en tiendas de segunda mano reinterpretadas con tejidos y técnicas propios de la alta moda.

No salió precisamente bien.

Parte de la crítica consideró que aquello no tenía ningún sentido dentro de una gran casa americana. La colección fue atacada y Marc Jacobs terminó fuera de Perry Ellis.

Parecía una derrota.

Hoy es una de las historias más repetidas de la moda de los años 90.

Porque Marc Jacobs había entendido algo antes que muchos de los que estaban sentados mirando aquella pasarela:

la moda estaba empezando a subir desde la calle hacia las firmas, y no únicamente al revés.

Con los años, aquella colección pasó de escándalo a colección de culto. Vogue la ha situado entre los grandes momentos de la década, y Jacobs llegaría incluso a reeditar 26 de aquellos looks décadas después.

Y mientras aquello ocurría, otra revolución completamente diferente estaba avanzando casi en paralelo.

De repente, menos empezó a parecer mucho más

Si los años 80 habían sido una fiesta, los primeros 90 parecían la mañana siguiente.

La situación económica, la cultura y la propia calle empujaron la moda hacia algo más limpio y menos ostentoso. Calvin Klein, Jil Sander o Helmut Lang ayudaron a convertir el minimalismo en uno de los grandes lenguajes de la década. La ropa empezó a respirar: líneas sencillas, buenos cortes, colores tranquilos y una sensualidad mucho menos evidente.

En medio de aquel cambio apareció una chica extremadamente delgada de Croydon llamada Kate Moss.

No tenía el aspecto de las grandes supermodelos que habían dominado el inicio de la década.

Y precisamente por eso funcionó.

Las campañas que hizo para Calvin Klein a comienzos de los 90 ayudaron a transformar su carrera y también la imagen que la moda proyectaba. Frente a la perfección espectacular de las supermodelos llegó una estética más frágil, sencilla e imperfecta.

Aquello produjo uno de los contrastes más fascinantes de toda la década.

Porque los 90 pudieron tener al mismo tiempo a Cindy Crawford, Naomi Campbell, Linda Evangelista y Christy Turlington convertidas prácticamente en estrellas de rock, y a Kate Moss representando exactamente lo contrario.

Antes de eso hubo cuatro mujeres caminando juntas

Hay una imagen que explica perfectamente cómo empezó la década.

 

Gianni Versace presenta su colección de otoño en 1991.

En el final del desfile aparecen Linda Evangelista, Cindy Crawford, Naomi Campbell y Christy Turlington caminando juntas por la pasarela mientras suena “Freedom! ’90” de George Michael.

Las cuatro habían aparecido en el videoclip de la canción.

El desfile se convirtió inmediatamente en uno de los grandes momentos de la historia de las supermodelos.

Hoy estamos acostumbrados a que una modelo tenga millones de seguidores.

Entonces no había seguidores.

Había portadas.

Y algunas modelos se habían convertido en personajes culturales reconocibles por su nombre de pila.

Naomi.

Cindy.

Linda.

Christy.

Probablemente por eso todavía asociamos los primeros años 90 con una idea de glamour que resulta difícil reproducir.

No era únicamente la ropa.

Era actitud.

Después llegó Prada y nos convenció de que lo “feo” podía ser chic

Avancemos unos años.

Mediados de los 90.

Cuando todo el mundo parecía haber aprendido las reglas de aquel nuevo minimalismo, Miuccia Prada decidió complicarlas.

Su colección Primavera 1996 utilizó verdes aguacate, marrones, ocres y estampados que parecían inspirados en objetos domésticos de los años 70. Colores que, sobre el papel, podían parecer cualquier cosa menos sofisticados.

Funcionó.

Tanto que aquella idea de lo deliberadamente extraño, lo “bonito-feo”, terminó influyendo en otras colecciones.

En marzo de 1996 Prada presentó su colección de otoño: azul marino, gris, vino, marrón, mostaza y lila; faldas estrechas bajo la rodilla, pantalones pitillo, punto y una silueta mucho más adulta y alargada. Vogue recuerda cómo aquella temporada muchos diseñadores estaban introduciendo una especie de ironía dentro de los clásicos.

Y aquí aparece otra lección muy noventera.

El estilo no siempre consiste en llevar aquello que todo el mundo considera bonito.

A veces consiste en hacer que algo inesperado parezca inevitable.

Quizá por eso seguimos mirando los 90

Cada pocos años alguien anuncia oficialmente que “han vuelto los 90”.

La realidad es que probablemente nunca se fueron del todo.

Mira un armario actual.

Un buen vaquero.

Una camiseta blanca.

Un jersey de punto.

Una americana ligeramente grande.

Un vestido sencillo.

Una camisa masculina.

Unas deportivas.

Un bolso importante.

Chocolate, gris, burdeos, camel, azul marino.

Casi todo estaba allí.

Pero posiblemente lo más interesante de aquellos años no fueran las prendas.

Era la manera de llevarlas.

Había una cierta despreocupación.

La ropa podía ser buena sin gritar que era buena.

Una mujer podía llevar un vestido sencillo, el pelo aparentemente poco trabajado y un bolso fantástico y resultar infinitamente más interesante que alguien perfectamente coordinado de arriba abajo.

Y eso, treinta años después, sigue pareciéndonos bastante moderno.

Septiembre de 2026

Ahora vuelve septiembre.

Todavía hace calor.

Todavía quedan sandalias en el armario.

Pero lentamente empezamos a mirar otra vez los vaqueros, los blazers, los bolsos más profundos, el chocolate, el camel, el burdeos y esas prendas que hacen que vestirse vuelva a ser divertido.

Quizá este año no necesitemos preguntarnos tanto qué se va a llevar.

Podríamos hacer algo mucho más noventero.

Abrir el armario.

Elegir pocas cosas.

Mezclarlas bien.

Y dejar que una de ellas haga el resto.

Porque si algo nos enseñaron aquellos otoños es que las grandes épocas de la moda no empiezan necesariamente cuando alguien decide seguir una tendencia.

Muchas veces empiezan justo cuando alguien decide romperla.

Y eso sí que nunca pasa de moda.

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